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lunes, 11 de febrero de 2013

Adiós, Paciência

Lluvia contra el parabrisas. Domingos Paciência pisa el acelerador de su coche dirección sur por la AP-9. Conduce de vuelta a Oporto tras firmar su finiquito en la sede social del Deportivo. Deja en herencia un solar y una espantada que pretende vestir de honestidad. El balance de puntos del portugués es tan pobre que hasta las matemáticas están a punto de dimitir de la causa deportivista.

Desde la cuneta observan el sainete los cadáveres del técnico, sacrificados para blindar a un Dépor que se descosía desde atrás. Los primeros en caer fueron los sospechosos habituales: Valerón y Juan Domínguez, inservibles para el fútbol de trinchera, de golpe y vértigo, diseñado por el estratega luso. A su lado, Pablo Insua, demasiado tierno para encajar en la experta defensa que Paciência planeaba.

El estreno ante el Málaga legitimó las drásticas medidas. Un espejismo. Mes y medio después, la nada. Carreras sin guión y el balón convertido en un extraño, con André Santos como paradigma de los defectos de un equipo sin brújula. Ni rastro del escaso legado positivo de Oltra, tampoco de la recuperación defensiva a pesar de los tres fichajes invernales a la carta.

El fracaso de la propuesta se concreta con la huida del técnico pero se escenificó ya durante el partido ante el Granada, en el que un Paciência ausente fue incapaz de salir de su banquillo a pesar de la deriva de los suyos sobre el césped. La decisión ya estaba tomada, el resto fue atrezo. Son formas que hacen daño, que aumentan el ruido alrededor del club, pero el fondo del asunto es que pocos echarán de menos a Domingos.

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